Centenarios de México

La Verdad Histórica La no oficial

 

NOTA DE LA REDACCIÓN: Continuaremos hasta la última semana de mes de noviembre, publicandopasajes de la historia no oficial de México, esa que nos se cuenta en las escuelas por intereses “muy especiales” de los gobiernos en turno y que nos muestra otra perspectiva, la más real, de nuestro pasado histórico.

   Continuamos con lo que ha sido el clero mexicano, pernicioso siempre, en la historia del país, y en esta ocasión traemos al lector, algunos de los negros pasajes que la Iglesia Católica escribió en los tiempos de la gesta independiente, en donde fraguó más pasajes de su truculenta presencia, iniciada en México en los días de la conquista y evangelización.

 

El Clero, Nefasto Siempre,

Incurre En Una De Las Más Aberrantes Traiciones En La Independencia…

 

Alejandro PÉREZ ONTIVEROS. Correo Electrónico. alejandro1_marco@yahoo.com.mx.

                     

   Contrario a lo que  nos cuentan los oficialistas, a pesar de que fueron curas católicos a los que se  atribuye el inicio de la injusta independiente, éstos en casos específicos, fueron traicionados por su propia alma mater religiosa, como el mismísimo cura Hidalgo que fue excomulgado y anatemizado (maldecido) por decreto del “obispo” de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, que ni siquiera para ser cura estaba autorizado por no cumplir algunos preceptos de la Iglesia.

   El desautorizado obispo dictó la siguiente tenebrosa sentencia: "Por autoridad del Dios Omnipotente, El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo y de los santos cánones, y de las virtudes celestiales, ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, papas, querubines y serafines: de todos los santos inocentes, quienes a la vista del santo cordero se encuentran dignos de cantar la nueva canción, y de los santos mártires y santos confesores, y de las santas vírgenes, y de los santos, juntamente con todos los santos y electos de Dios:

   Sea condenado Miguel Hidalgo y Costilla, excura del pueblo de Dolores.

   Lo excomulgamos y anatemizamos, y de los umbrales de la iglesia del todo poderoso Dios, lo secuestramos para que pueda ser atormentado eternamente por indecibles sufrimientos, justamente con Dathán y Habirán y todos aquellos que le dicen al señor Dios: ¡Vete de nosotros, porque no queremos ninguno de tus caminos! Y así como el fuego es extinguido por el agua, que se aparte de él la luz por siempre jamás. Que el Hijo, quien sufrió por nosotros, lo maldiga. Que el Espíritu Santo, que nos fue dado a nosotros en el bautismo, lo maldiga. Que la Santa Cruz a la cual Cristo, por nuestra salvación, ascendió victorioso sobre sus enemigos, lo maldiga. Que la santa y eterna madre de Dios, lo maldiga. Que San Miguel, el abogado de los santos, lo maldiga. Que todos los ángeles, los principados y arcángeles, los principados y las potestades y todos los ejércitos celestiales, lo maldigan. Que sea San Juan el precursor, San Pablo y San Juan Evangelista, y San Andrés y todos los demás apóstoles de Cristo juntos, lo maldigan.

   Y que el resto de sus discípulos y los cuatro evangelistas, quienes por su predicación convirtieron al mundo universal, y la santa y admirable compañía de mártires y confesores, quienes por su santa obra se encuentran aceptables al Dios omnipotente, lo maldigan. Que el Cristo de la Santa Virgen lo condene. Que todos los santos, desde el principio del mundo y todas las edades, que se encuentran ser amados de Dios, lo condenen. Y que el cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos, lo condenen.

   Sea condenado Miguel Hidalgo y Costilla, en dondequiera que esté, en la casa o en el campo, en el camino o en las veredas, en los bosques o en el agua, y aún en la iglesia. Que sea maldito en la vida o en la muerte, en el comer o en el beber; en el ayuno o en la sed, en el dormir, en la vigilia y andando, estando de pie o sentado; estando acostado o andando, mingiendo o cantando, y en toda sangría. Que sea maldito en su pelo, que sea maldito en su cerebro, que sea maldito en la corona de su cabeza y en sus sienes; en su frente y en sus oídos, en sus cejas y en sus mejillas, en sus quijadas y en sus narices, en sus dientes anteriores y en sus molares, en sus labios y en su garganta, en sus hombros y en sus muñecas, en sus brazos, en sus manos y en sus dedos.

   Que sea condenado en su boca, en su pecho y en su corazón y en todas las vísceras de su cuerpo. Que sea condenado en sus venas y en sus muslos, en sus caderas, en sus rodillas, en sus piernas, pies y en las uñas de sus pies. Que sea maldito en todas las junturas y articulaciones de su cuerpo, desde arriba de su cabeza hasta la planta de su pie; que no haya nada bueno en él. Que el hijo del Dios viviente, con toda la gloria de su majestad, lo maldiga. Y que el cielo, con todos los poderes que en él se mueven, se levanten contra él.

   Que lo maldigan y condenen. ¡Amén! Así sea. ¡Amén!

   La tal excomunión dictada de tan dantesca manera por el ilegal obispo Manuel Abad y Queipo, cuya ilegalidad como jerarca de la Iglesia Católica no fue obstáculo para que la sentencia se aceptara por todas las órdenes eclesiásticas de México, de España y de El Vaticano, fue dictada el 29 de julio de 1911, en uno de los consultorios del Hospital Real de Chihuahua, en la ciudad del mismo nombre, en donde al proseguirse con las “leyes” eclesiásticas que fortalecieron la excomunión de Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte Villaseñor, se le raspó la cabeza, porque ésta había sido consagrada con el Santo Crisma, como sacerdote y como cristiano.

   Por las mismas causas a “El Padre de la Patria” se le arrancaron las yemas de los dedos pulgares e índices.

   El obispo Abad y Queipo, quien había sido nombrado como tal por la Regencia sin haber sido nunca presentado al Papa, que en ese año de 1811 era Barnaba Gregorio Chiaramonti, conocido como Pío XII, estaba impedido hasta para ser sacerdote porque, según las leyes eclesiásticas de la época, era hijo natural y esto le impedía a cualquiera ser cura y, mucho menos podía ser obispo.

   Una vez escuchada la tenebrosa sentencia y de haber padecido en su humanidad las mutilaciones mencionadas, el cura Miguel Hidalgo y Costilla fue entregado a las autoridades españolas que, sin el más mínimo sentimiento de apego a la cristiandad, como tampoco lo había tenido el referido clérigo, sin darle la oportunidad a la defensa, aunque había sido sometido a un Concejo de Guerra y al juicio del Santo Oficio, y negándole todo derecho sacerdotal, lo mandaron fusilar, consumándose la sentencia al día siguiente, 30 de julio, para después poner en exhibición su cuerpo atado a una silla en la plaza de San Felipe.

   En relación a la decapitación del prócer, lo cual sucedió después de permanecer su cuerpo exhibido en la plaza de San Felipe, no han sido muy claras ni certeras las versiones de quién lo decapitó pero, diversos autores coinciden en que fue un indígena tarahumara de apellido Salcedo, estableciendo unos que fue un comandante y otros que fue un niño a quien se le ordenó decapitarlo, entregándosele para ello un machete. Comandante o niño, el verdugo fue certero y de un solo tajo hizo rodar la cabeza del cura.

   La traición fue la característica fundamental para la captura y muerte de Miguel Hidalgo y Costilla a quien el destino le cobró muy cara su característica de confianza que prodigó a traidores como el mismísimo Santo Oficio, el espurio obispo Manuel Abad y Queipo, como el general Ignacio Elizondo y como el otro obispo Primo Feliciano Marín, los dos últimos perpetradores físicos de la traición.

   El obispo Primo Feliciano Marín  y Porras, defensor y protector de la corona española, a la sazón obispo del Nuevo Reino de León, hizo caer en la trampa a Hidalgo de que estaba a favor del movimiento insurgente y que se unía a él. La realidad era que Marín y Porras buscaba la forma de atrapar al cura de Dolores para entregarlo a las autoridades españolas.

   La oportunidad le llegó al obispo del ahora estado de Nuevo León, cuando Ignacio Elizondo, uno de los generales insurgentes, que se había unido a la causa independentista sin tener convicciones reales en relación al movimiento, por lo que al solicitarle un ascenso a Miguel Hidalgo y a Ignacio Allende y éstos negárselo, montó en cólera la cual aprovechó el alto prelado para utilizarlo para que cometiera la traición, la cual fraguó en la población de Pesquería Grande en contubernio con el obispo Marín y Porras, quien lo convenció de volver a la insurgencia para, desde adentro, lograr su cometido.

   De Pesquería Grande el obispo salió rumbo a Sabinas y el molesto general a Acatita de Baján para, con el pretexto de seguir en la causa insurgente, estar cerca de Hidalgo para conspirar más de cerca y así lograr la captura del líder de la guerra de independencia.

   El 21 de marzo de 1811 Miguel Hidalgo fue apresado en Las Norias de Acatita de Baján, Saltillo, Coahuila, en una operación ordenada por Elizondo, quien además logró la aprehensión de dos carrozas, en una de las cuales viajaban mujeres y niños y en la otra Ignacio Allende, José Mariano Jiménez, Juan Ignacio Rayón y Manuel de Santa María, quienes fueron capturados por Elizondo, siendo ayudado por Joaquín de Arredondo quien prolongó la tradición de la traición, al asesinar tiempo después a Elizondo, porque éste se había llevado las palmas por la captura de los insurgentes, y eso lo tenía lleno de envidia.

   De esta manera se consumó la traición a Miguel Hidalgo y Costilla y otros próceres insurgentes, fraguada por curas católicos y por traidores como los referidos, en lo que fue la conclusión de una epopeya histórica que trajo en consecuencia la prolongación de la declaración de Independencia al menos por 11 años más de los que hubieran sido necesarios.

   La participación del clero en los acontecimientos históricos del país es hecho recurrente que mucho ha contribuido a la conformación de este país que ha sido escenario de lo mucho que la Iglesia Católica ha aportado a la historia, lastimosamente siempre hechos adversos para el avance de la nación.

   Si bien es cierto que curas católicos como Hidalgo y Morelos, entre otros, fueron pilares fundamentales de la Guerra de Independencia, también lo es que fueron otros curas quienes traicionaron a los próceres y los mandaron fusilar, decapitar y exhibir sus cuerpos y cabezas como trofeos de caza.

   El riesgo de desestabilización nacional persiste en los tiempos actuales por el comportamiento trágico de la Iglesia Católica que insiste en intervenir en lo que no le corresponde.

   Por ello se reitera que la historia de México es cíclica y que no ha aprendido de ella, porque se siguen cometiendo los mismos errores. AF